Como ya era casi tradición de la aventura, a las 6 sonó el despertador y todos se pusieron en marcha. La primera hora de la mañana era una pura rutina. Desde el primer día, para los desayunos había libertad en el grupo. C afé solo, leche con cereales, agua, frutos secos, fruta variada, cada uno se había traído lo que más le gustaba o a lo que estaba más acostumbrado para la mañana. Fede, el supercocinero, mientras los caminantes se alimentaban, hacía los bocatas del almuerzo. Después, con bastante velocidad llegaba el momento en que todos estaban abajo en el comedor, vestidos para caminar por la montaña y con la mochila preparada. La ruta que les esperaba ese día era muy completa. Se pasaba por cuatro pueblos y tenía un poco de todo. Mucho caminar en plano, algo de subida y algo de bajada. Ese día se alcanzaba el techo de la aventura, alrededor de 1.300 metros, y se caminaba por lugares bastante salvajes, muy, muy escondidos. Mira aquí el perfil de la etapa: A las 7.00 nuestros héroes...